sábado, 14 de junio de 2014

Bosques III




“Cuidado con las mujeres cuyas hermanas son bellas
Cuidado con las mujerzuelas cuyas amante son bellas
en el gentío donde nuestros ojos
intercambian sus miradas
estériles”

V.P.
La pena frota su rabia contra mi sexo
porque de placeres obtengo aprecio.
Mi cuerpo desnudo gime
cuando desea huir
de la fuente sin agua,
de la gracia justiciera
de la pena de muerte.
Escapo de la vil frontera
que recita día a día mi culpa.
Reparto en pedazos mi mirada para poder así
acaparar un par de ojos
y en su mirar me protejo.
Y en su tener me contengo,
por ser un pedazo de extranjero
para no vivir en mi cuerpo.

Los árboles en la noche descascaran
sus hojas amarillas, de tanto esperar,
y desde el suelo en la jaula uno observa
al viento guiar con libertad su caída.
Si pudiese caería,
como lo hace una hoja marchita
para ser pisada y destruida,
convertida en polvo y luego,
en la tierra ser lentamente, bien recibida.

Sospecho de un par de espejos,
que repiten su mirar en mi día.
Quizás mi trampa descubrieron,
quizás podrida está mi vida.
Un reflejo como un rayo,
cruza mi vacío, de vez en cuando.
Perece en la tarde, huye en la noche.
El rocío de la mañana siguiente
a penas alcanza a tocarlo.
Pues duele terminantemente,
duele
como si hiciese un pacto con un ángel
o juntase mi sangre con la amargura.
Como si pretendiera revivir el recuerdo
de una preciosa vigilia.

Mi cuerpo pálido se contrae
lo débiles huesos retorcidos y chuecos
enternecen.
Erizada mi piel oscurece
la verdad que calla a tantos pájaros.
Una noche es un gemido,
una huida y un obstáculo.
En el esperar el pesar,
las cenizas y el gorrión.
Y en mí, la tortura
de alguna que otra obsesión.

No hay comentarios: