
Hamnet (2025)
Sobre como la ficción hace posible la magia.
Revivir. Cortar el tiempo.
Del dolor a la creación.
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Archivos para mi memoria

Hamnet (2025)
Sobre como la ficción hace posible la magia.
Revivir. Cortar el tiempo.
Del dolor a la creación.
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Tomo una avión y perdida aterrizo fuera de mi borde. Estoy hecha escombros. Sin casa, sin personas a mi alrededor. Pero de las cenizas nacen flores, y entre las ruinas quedan recuerdos. En medio de ese dolor y de la experiencia que es migrar deja de aterrarme la potencia de lo muerto. Me niego a mirarme deshecha como me vivía. Sin dejar de habitarme llena de nudos y fantasmas comienzo a escribir. No por primera vez. Pero por primera vez en aquella piel que ya no es la de ahora. He ahí la brecha entre lo que puede un cuerpo y su valor. Solo ahí comprendí lo bello del oficio que es juntar palabras. En medio de ese dolor, nunca vi a nadie más de pie que yo. Bajo esa muerte mi deseo emerge.
Quizás buscaba sobarme en la sangre que había emanado de la herida. O verla chorrear de la boca de otra persona. Inventar un otro que sufra para externalizar huecos o saber que alguien cerca de mi puede defenderse del caos. Mientras escribía colgaba panfletos en las murallas de mi casa en una ciudad a la que yo no le pertenecía. Al esconder los papeles para no parecer loca frente a huéspedes se descascaró el muro. Una palabra escrita es eso. No se borra. Rompe. Ensucia.
¿Se escribe para los vivos o para los muertos? Dejar por escrito es un intento de plantar el permanecer. Este libro pulsa para el otro lado. La carta a un muerto, para sostener su vivir un ratito más.
Celeste está afligida justamente por estas cosas: por la muerte, los recuerdos, las perdidas, el borrado. Y le toca escribir las memorias de Gabriela que se desvanecen. Celeste está en duelo. Pero el duelo es justamente el tiempo y el espacio para reconciliarse con los fantasmas. La aflicción por la muerte es el camino hacia comprender el enredo de vivir y morir. Escribí esta historia para hablar de ese sendero. A ella le aterra recordar y a Gabriela, la anciana, le aterra el olvido. Ambas son sostenidas por la misma herida: lo que ya no está organiza sus modos de vivir en este mundo ¿No somos siempre eso?
Me alío con el horror. No me gusta consolar. Creo que hay que saber hundirse. Si logramos ver el duelo como la perforación que es, la vida emerge disponible y abierta. Necesitamos tiempo para el fracaso, lo decadente, lo disfuncional. Necesitamos huecos para lo abyecto, lo desastroso, lo feo y lo sucio. Necesitamos cohabitar con el sufrir. Hay que dejar de limpiar al humano. Estamos dentro y somos parte del deshacer.
Corro el peligro del esencialismo. Pero para mi es una apuesta por el deseo. No hay deseo sin la ausencia. ¿Cómo construir un mundo nuevo si no amamos los pedazos rotos? Sin la falta perdemos el deseo. Aún a pesar de esto los humanos creamos guerras para llenarnos. Ojalá cubrir nuestros cuerpos con esa idea, para desear no hay que llenarse de nada, solo explorar la ausencia.
Hay un primer desgarro que nos cruza a todos. Es la de la madre cuando rompe el líquido amniótico. Esa pérdida la viven los amniotas (mamíferos, aves y reptiles). El viaje sin maleta del adentro indiferenciado al afuera separado. Sin aquél primer dolor no habría deseo. Antes, había cuerpo suspendido que flota, cuerpo colmado, cuerpo sin sombra. ¿No es esa la melancolía? No existe el amor si no existe la muerte.
Estamos en la lucha equivocada. Tanto erradicar el cuerpo sucio nos lleva a olvidarnos justamente de vivir y del amor. Nuestros mundos nos piden higiene, funcionalidad, productividad, blancura, pero el dolor si lo intentamos limpiar, solo aumenta. La herida se pudre. La enfermedad arremete.
Higiene, limpieza, salud pero el cuerpo habla, grita desesperadamente, escribe y llora con palabras que en realidad se nos hacen incomprensibles. Llora porque ruega poder cruzar los bordes de lo que se le permite. Anida la desobediencia.
En la ficción de escribir la memoria de otra, se crea memoria que va más allá de la escritura. El vínculo entre Celeste y Gabriela traspasa esa materialidad de la palabra. A pesar de que su memoria se incendia, su cuerpo permanece. La memoria como una casa.
La ficción es la posibilidad de vivir y de morir, de revivir y volver a morir. De transitar esta vida creyendo en la magia, de aprender a llorar la muerte con.
Yo quiero amar sincera y desgarradamente, porque todas las cosas se descomponen, se caen o se marchitan, porque yo soy una de esas cosas.
Escribir este libro fue vivir el desgarro sin la vergüenza. Saltar al abismo. Tomar el riesgo de la escritura. Y, gracias a eso, volver a amar y morir otra vez.
Me pide que no me detenga, que no corte el orgasmo cuando está dentro mío, insistiendo, cogiendo, pellizcándome, dejando su dedo al interior de mi boca, cabalgandome con su cuerpo y su brazo agarrado a mi cabello. Yo le pido que pare. No puedo permitir que siga robándome el aliento, lo poco que me queda. Temo la sensación de vacío posterior. Temo la pena que pueda embargar si es que ella me absorbe. Claro, estas palabras están llenas de miedo. Algún día le dije que yo no sentía tristeza. Me parece gracioso que lo haya creído. Intento no mentirle, pero ¿cómo no mentirle a la persona que se ama? Si ya las palabras hacen la ficción de una comprensión completa. Esa pretensión es una mentira. Le dije que no sentía tristeza, pero con el objetivo de no tener que hablar de mi pasado. Aguanto el orgasmo, para no tener que vivir la tristeza. Esa que me hace llorar luego de follar. Una vez arriba de mi cuerpo, se lleva todo. Ocupa cada hueco. Me deja en un espacio invivible. Ya escribí sobre eso en líquido amniótico. No todos tenemos el privilegio de caer en un hueco acolchado.
Sucede la vida retenida en recuerdos que perecen. He vivido pensando que no volveré a los contornos que sostenían en algún momento una dicha. Agarrada a aquellos momentos en que creí en un destino que resultó expropiado. La fantasía de la estabilidad que me inventaron. Una niña virginizada que se dedicó a la intoxicación para caer en el depósito de la muerte. Hoy ya no soy niña. He de aprender a vivir con el duelo de la infancia.
Algún día le dije a mi madre que yo moriría antes que ella, para pretender que la angustia de su partida se perderá en un hueco rellenado. Ella me rogó que no. Y yo tomé su mano para que me cubriera en ese instante que se perfilaba ya añejo.
La ví durante su vida alcanzar esa fantasía que yo pretendía mía. Y la ví también desvanecerse en la grieta de su nombre borrado. Me ubicó entre los límites de eso que soy y lo que quise. Pero la historia hace lo que quiere. Y hoy añoro tener un espacio que no sea mío, cuando tanto tiempo busqué una habitación propia.
Me tomó en sus brazos y me llevó a conocer su pasado. Que se gestó en mi como una herida que jamás podría sanar. Me pregunto hoy qué tiene que ver su dolor con mi incertidumbre. Me pregunto si el amor que busco es el equivocado. Es que, esa es la pregunta que ella trazó con agujas en mi piel. La pregunta por el deseo que no obtengo con mis dedos. Con los dedos cubiertos por sus pliegues. Mientras mi cuerpo se aleja del lugar al que sus manos me llevaban.
Este lado de la franja no es fácil. Es difícil rememorar las razones que me hacen acomodarme aquí donde no hay recuerdos ni raíces. Dónde la tierra no me trae olores de infancia. Pero así sostengo un funeral permanente. Que me hace tener razones para llorar aquello que me quitaron. El pedazo de mi corazón que quedó al otro lado. El pedazo que se creía augusto frente a la sequía.
Les finjo cerca,
tangible nuestras manos acariciándose mis ojos que huelen tu quietud escondida
Les finjo cerca,
abismo importuno que precipitadamente suelta riesgos lenguas
mezcladas caricias sonrientes y luego
mi mirada hacia atrás revela la grieta del espejo
les finjo cerca, cerca del precipicio
en que para siempre el mañana es la despedida
de nuestras ficciones narradas como prensa escrita
hacia una rotunda caída del poema forzado:
que revela la jaula en la que me encuentro
donde vuela el pez cansado de replicar su nado
que revela la jaula en la que me encuentro
siempre llena, siempre vacía.
Me despedí de ti el último día de invierno del año 2022. Tu pelo estaba peinado hacia atrás y llevabas un pinche negro con una cuenca brillante. Me senté a tu lado mientras almorzabas. Primero una sopa verde y luego leche nevada. Lo comiste todo. Me mirabas mientras pestañeabas como si intentaras dilucidar quién era yo. Quién era y qué hacía acá a tu lado. Te di un beso en la mejilla y apoyé mi cabeza en tu hombro. Luego te pedí que nos sacáramos una foto, a lo que accediste (o eso creo) porque no hablabas, hacía mucho tiempo que ya no podías hablar, apenas murmurar. Carmen tomó tu silla de ruedas y te llevó a un lugar en donde consideraba apropiado para fotos. Me puse a tu lado y -continuando el ritual que tantas otras veces habíamos realizado, mecánicamente, tiernamente- me abrazaste y sonreíste hacia la cámara. Le enseñé a Carmen a usar la Pentax y el obturador sonó fuerte. Luego tomé mi celular en caso de que la fotografía análoga no saliera o no la pudiese revelar luego. No podía dejar pasar la quizás última foto que me sacaría contigo. Murmuraste algo. Luego te miré a los ojos y tus ojos grises me miraron de vuelta. Caídos, sonriendo, de niña, inocentes. Me miraste y me preguntaste a dónde iba. Yo no te había dicho nada, pero quizás escuchaste –pensé-, o quizás lo intuías en mi mirada desesperada queriendo guardarte. Te dije que me iba de viaje a donde vivía tu abuela. Te dije que iría a buscar nuestras raíces. Me dijiste que hablara con la Mila y yo te dije que sí, que lo haría. Pero la Mila ya no estaba viva hacía algunos años, vivía solo en ti, en tu memoria fragmentada, en tu recuerdos seniles, en tus viajes al pasado. Luego me miraste a los ojos y los abriste muy grandes. Cómo si algo en ti entrara en ese minuto en que parecía que estabas entre la tierra y el cielo. Me dijiste: “te va a ir bien, vas a estar mejor”. No entendí cómo sabías que me iba, que me despedía de ti, que no estaba bien, y que iba a estar mejor. Me diste la mano y me miraste con dulzura. Te abracé la noche una última vez esperando quedarme con tu olor para siempre.