escuchar tu voz
repetirme en
voz bajita
(mutación desaparecida)
que estás ahí
pensando
que me llegue
ese beso retrasado:
luego el gesto.
Les finjo cerca,
tangible nuestras manos acariciándose mis ojos que huelen tu quietud escondida
Les finjo cerca,
abismo importuno que precipitadamente suelta riesgos lenguas
mezcladas caricias sonrientes y luego
mi mirada hacia atrás revela la grieta del espejo
les finjo cerca, cerca del precipicio
en que para siempre el mañana es la despedida
de nuestras ficciones narradas como prensa escrita
hacia una rotunda caída del poema forzado:
que revela la jaula en la que me encuentro
donde vuela el pez cansado de replicar su nado
que revela la jaula en la que me encuentro
siempre llena, siempre vacía.
Me despedí de ti el último día de invierno del año 2022. Tu pelo estaba peinado hacia atrás y llevabas un pinche negro con una cuenca brillante. Me senté a tu lado mientras almorzabas. Primero una sopa verde y luego leche nevada. Lo comiste todo. Me mirabas mientras pestañeabas como si intentaras dilucidar quién era yo. Quién era y qué hacía acá a tu lado. Te di un beso en la mejilla y apoyé mi cabeza en tu hombro. Luego te pedí que nos sacáramos una foto, a lo que accediste (o eso creo) porque no hablabas, hacía mucho tiempo que ya no podías hablar, apenas murmurar. Carmen tomó tu silla de ruedas y te llevó a un lugar en donde consideraba apropiado para fotos. Me puse a tu lado y -continuando el ritual que tantas otras veces habíamos realizado, mecánicamente, tiernamente- me abrazaste y sonreíste hacia la cámara. Le enseñé a Carmen a usar la Pentax y el obturador sonó fuerte. Luego tomé mi celular en caso de que la fotografía análoga no saliera o no la pudiese revelar luego. No podía dejar pasar la quizás última foto que me sacaría contigo. Murmuraste algo. Luego te miré a los ojos y tus ojos grises me miraron de vuelta. Caídos, sonriendo, de niña, inocentes. Me miraste y me preguntaste a dónde iba. Yo no te había dicho nada, pero quizás escuchaste –pensé-, o quizás lo intuías en mi mirada desesperada queriendo guardarte. Te dije que me iba de viaje a donde vivía tu abuela. Te dije que iría a buscar nuestras raíces. Me dijiste que hablara con la Mila y yo te dije que sí, que lo haría. Pero la Mila ya no estaba viva hacía algunos años, vivía solo en ti, en tu memoria fragmentada, en tu recuerdos seniles, en tus viajes al pasado. Luego me miraste a los ojos y los abriste muy grandes. Cómo si algo en ti entrara en ese minuto en que parecía que estabas entre la tierra y el cielo. Me dijiste: “te va a ir bien, vas a estar mejor”. No entendí cómo sabías que me iba, que me despedía de ti, que no estaba bien, y que iba a estar mejor. Me diste la mano y me miraste con dulzura. Te abracé la noche una última vez esperando quedarme con tu olor para siempre.
De pensamientos, palabras, obras y omisiones
como incauta cristiana
nos dejé partir sin mirar atrás.
Me pudiste haber gritado
y te juro prestaba oídos a
la rama quebrada de nuestros gestos separados.
El tiempo se había tomado una siesta,
y para mi oportuno fue el paréntesis
en qué voté por el extravío
de nuestro hueco en este mundo.
Y ya no hay desvío que nos devuelva
esquina topante, ángulo panzudo
ya no hay grito respirable
que me entregue tu olor perdido.
Un árbol en medio de un desierto...
Si su mano sigue temblando, en algún momento le dará un calambre. Y el otro día su ojo enrojeció toda la tarde. Como si sangrara. No puede ser. Un examen nada dirá de eso. Tendré que llevarla de nuevo....
Un árbol en el desierto, el tronco se descama. Se diluye y transforma en arena...
Y si no la revisan entera, y si queda un examen inconcluso. Como pasó con...
El desierto y un árbol, el árbol desintegrándose. Unas manos arrugadas caminan por la tierra. Se ensucian a medida que camina...
Debo entregar el papel antes del 5 de mayo, el cinco de mayo es la fecha límite. Hasta el cinco de mayo me dieron, no se me puede olvidar. ¿A cuanto estamos? ¿qué mes era?
Arena que se mueve bajo los pies, el árbol que empieza a crecer. De abajo hacia arriba, las ramas dadas vueltas, se estiran como si fuesen a atrapar algo. El cielo nublado...
¿Qué estaba pensando? No puede ser que lo haya olvidado, qué fue lo que dije, qué tenía que hacer. Quizás si vuelvo atrás a los pensamientos anteriores lo recuerde. Uno, dos... Dos exámenes, no... Una silla que se agranda para que pueda sentarse. Uno, dos resultados. La Melita, su brazo que tiembla solo. Contar, contar de 100 para abajo...
Un bosque de un color irreconocible. La luz de una estrella asoma por la cúpula de las ramas. Ella escala el árbol en busca de algo en esa luz. Hay una casa, de madera arriba de ese árbol. Tiene muchas piezas. Un laberinto. Cada esquina la devuelve al inicio. No sabe que hurgar primero. La luz de la estrella aparece de nuevo. Luego empieza a tintinear. La frecuencia del tintineo disminuye, cada vez la estrella está más apagada que prendida. Teme a la oscuridad. Ve sus manos llenas de tierra. Ve la arena debajo de sus pies. Si pudiese ver su cara, probablemente no la reconocería. Una voz suena a lo lejos. ¿Trajiste el martillo? Le preguntan, ¿qué martillo?. El hombre la mira con enojo. Un cuerpo en el suelo. ¿Qué cuerpo? ¿Ese cuerpo era mío?. Manos llenas de tierra, cemento bajo los pies. La luz de la estrella deja de tintinear. ¿Trajiste la cruz?
El cura. El cura le dijo que sus palabras iban a ser cobradas. ¿De qué tenía que acordarse? Un pensamiento importante se le había escapado de la cabeza. De ese pensamiento tenía que acordarse. Luego venía el cura. El cura y el brazo de la Melita temblando. Pobre Melita, que debe estar cansada de que su brazo tiemble. Y el otro día incluso no pudo comer. Sentía que no podía tragar y respirar al mismo tiempo. Que lástima la Melita. Que lástima yo que no puedo dormir. Cuánto rato habrá pasado. Cuántas horas me quedarán de sueño. Mañana es el día uno. Me deben quedar pocas horas. ¿Estará durmiendo la melita? O su brazo que tiembla seguirá manteniéndola en insomnio. Pobre Melita. Quizás debería llevarle unas galletas mañana. Quizás una galleta si pueda comer. Las puedo hacer de avena con canela. Agregarle un poco de plátano. Así aprovecho los plátanos maduros. El cura me había dicho algo importante, ¿qué fue lo que me dijo? Ya no me queda espacio en los huecos de mi cerebro. Aparece algo y se va.
El hombre se va. Solo se ve su espalda marcada con una silueta negra. En su mano arrastra un fierro, o un palo, o algo cuya materialidad no reconoce. Mientras avanza el fierro, palo o lo que sea se dobla a medida que toca el suelo. Debe estar caliente, piensa la niña de las manos con tierra. Debe estar caliente el palo para que se doble cuando toca el suelo. Corre, toma el fierro con la mano y lo suelta. Hace como si le doliera, pero en realidad el dolor no existe. La cotidianeidad le dice que dolió. La luz de la estrella aún no tintinea. Un cuerpo. Un cuerpo en el suelo de tez morena desnudo. ¿De quién es ese cuerpo? ¿Quién lo puso ahí? Sus manos teñidas de negro por la tierra. Sus pies bailando arriba de la arena. Un martillo que aparece en su mano. ¿Trajiste el martillo? Le dice un hombre con el ceño fruncido. La niña le pasa el martillo. El sonido de un golpe que retumba. El sonido retumbando en sus oídos. Un sonido que no deja de retumbar. La estrella que tintinea cada vez más apagada. Un sonido que retumba por última vez y un vidrio que cae y se rompe encima de sus manos. La niña de las manos con tierra ahora sangra. La sangre recorre sus manos pero no duele. El dolor solo es cotidiano, el dolor solo es asustarse. La estrella tintinea como si advirtiera su ausencia. Ella mira al cielo una última vez. Hay una casa en el árbol que se desarma. Un gato corre escapando de la madera que rueda hacia el suelo. ¿Trajiste el martillo le dice el hombre? Sus manos vacías, su piel temblando. El brazo tirita, tirita tanto que le cansa. Su garganta no traga. La niña de las manos de tierra empieza a contar, cien, noventa y nueve, noventa y ocho, noventa y siete. La estrella tintinea. Su ojo se enrojece. Se enrojece tanto que asusta. El cura le dijo que sus palabras serían cobradas ¿O contadas le dijo? ¿Qué fue lo que le dijo el cura?
Un perro ladrando, su madre dejándolo afuera tras la ventana para dejar de escuchar el eco de su garganta rebotando gruesamente. Los niños cantando con la lengua afuera la canción que tarareaba la radio mientras jugaban a quien podía enrollarla y sacarla al mismo tiempo.
Así corría el tiempo bajo la neblina, haciendo de los sonidos sus recuerdos o de sus recuerdos simples sonidos.
El letrero de bienvenida que le hicieron a su padre cuando volvió a la casa después de siete años mientras su hermano reía y saltaba. Las flores añejas que mantenía guardadas en una prensa que su mamá le había regalado unos días atrás.
-Acá lo que pones se seca
La decisión de poner todo en la prensa para que algo se seque y poder observar luego a qué se refería con eso. Qué implicaba la sequedad, y porqué lo seco se despedazaba.
La noche en la que un gato cojo llegó a su casa. Y esa sensación como de si un sueño se hubiese hecho realidad. Algo que venía a llenarla. No recordaba bien qué era lo que le faltaba pero sí que eso se sentía así. La mañana siguiente en que lo encontró petrificado, como si lo hubiesen embalsamado. Ella vestida con un tutú rosado. El gato en una caja. Un hombre llevándoselo al cementerio de gatos, decía. El olor a azufre que quedó impregnado en las paredes, en sus manos. La canción de Shakira que sonaba en el fondo.
-La noche tiene siete cambios mi niña.
-¿Y tu los has visto todos?
-Todos.
Ese hombre cuyo nombre no sabía la llevaba por la carretera en dirección a Concepción.